Considerado uno de los monumentos virreinales mejor conservados de la ciudad, este antiguo puente de piedra en la calle Francisco Sosa es el escenario de una de las leyendas más antiguas de México.
En la intersección de la avenida Universidad y la emblemática calle de Francisco Sosa, se encuentra un rincón que parece detenido en el siglo XVIII: el Puente de Panzacola. Flanqueado por frondosos árboles y acompañado por la pequeña capilla de San Antonio de Padua, este paso de piedra es un remanso de paz durante el día. Sin embargo, su cercanía con el agua lo ha convertido en el epicentro natural de una de las leyendas más profundamente arraigadas en la cultura mexicana.
El puente se erige sobre el Río Magdalena, el último río vivo que corre a cielo abierto en la Ciudad de México. Esta corriente de agua, que desciende desde Los Dinamos, fue vital para el desarrollo de las haciendas, obrajes y molinos de Coyoacán durante la época novohispana. La arquitectura robusta del puente, con su arco de medio punto construido en mampostería, fue diseñada precisamente para soportar las fuertes crecidas del río durante la temporada de lluvias.
Es exactamente la presencia del río lo que conecta al Puente de Panzacola con el mito de La Llorona. Según la cosmovisión prehispánica, las apariciones de deidades femeninas en pena, como la Cihuacóatl, están intrínsecamente ligadas a los cuerpos de agua. La tradición oral de Coyoacán sostiene que el caudal del Río Magdalena es uno de los caminos acuáticos por los que transita el espíritu de la mujer que llora la pérdida de sus hijos.
Testimonios de antiguos veladores de la zona y de taxistas que transitan por Francisco Sosa en la madrugada coinciden en un fenómeno escalofriante. Aseguran que, cuando la bruma del río se eleva y cubre el empedrado del puente, un eco agudo y doloroso resuena bajo el arco de piedra. La acústica del lugar, encajonado entre muros antiguos y vegetación espesa, amplifica el sonido del agua chocando contra las rocas, lo que muchos interpretan como los famosos lamentos.
La neta es que cruzar el puente de madrugada, iluminado apenas por las luces ámbar de los faroles públicos, es una experiencia que impone respeto. El contraste de temperatura que se siente al acercarse al río, sumado al sonido constante de la corriente, crea una atmósfera de aislamiento total, a pesar de estar a unos metros de una de las avenidas más transitadas del sur de la ciudad.
En contraste, durante el día, el Puente de Panzacola es un lugar muy chido para disfrutar de un paseo. Los fines de semana, decenas de familias y turistas se detienen a fotografiar el entorno, atraídos por la belleza de la capilla y la singularidad de ver un río correr en medio de la metrópoli. Los cafés y restaurantes cercanos aprovechan esta vista privilegiada, inyectando vitalidad a este histórico cruce.
Preservar el Puente de Panzacola no es solo una cuestión de mantenimiento urbano; es proteger el escenario de nuestras leyendas más antiguas. Este monumento nos permite asomarnos al pasado acuático de la cuenca de México y nos recuerda que, bajo el asfalto y el ruido de la modernidad, los viejos mitos siguen fluyendo con la misma fuerza que el Río Magdalena.

