En las tierras pedregosas del sur de Coyoacán se alza una imponente pirámide negra que custodia la vasta colección prehispánica del muralista mexicano, combinando ecología, arte y arquitectura monumental.
Cuando los turistas piensan en Coyoacán, inmediatamente visualizan fachadas coloniales y calles empedradas. Sin embargo, en el sur de la alcaldía, en el pueblo de San Pablo Tepetlapa, el paisaje se vuelve agreste y volcánico. Aquí se encuentra el Museo Diego Rivera Anahuacalli, una obra arquitectónica faraónica que desafía cualquier convención museográfica y se erige como una declaración de amor rotunda hacia las raíces prehispánicas de México.
La historia del Anahuacalli comienza en la mente del muralista Diego Rivera durante la década de 1940. Rivera, un ávido coleccionista de arte mesoamericano, adquirió terrenos en la zona de los pedregales con la visión de crear una «Ciudad de las Artes». Su intención era devolverle al pueblo mexicano su herencia indígena mediante un recinto que no fuera un simple edificio de exhibición, sino un templo moderno integrado a la cruda naturaleza esculpida por la erupción del volcán Xitle hace miles de años.
El diseño del inmueble fue concebido por el propio Rivera en colaboración con el arquitecto Juan O’Gorman. La estructura es una reinterpretación de la arquitectura teotihuacana y mexica, construida íntegramente con bloques de piedra volcánica oscura extraída del mismo terreno. Su exterior simula una pirámide truncada, mientras que el interior asombra por sus techos abovedados decorados con impresionantes mosaicos pétreos que representan deidades del panteón mesoamericano.
En el interior de esta imponente fortaleza negra, el Anahuacalli resguarda el tesoro de Rivera: una colección que supera las 50,000 piezas arqueológicas de diversas culturas como la Teotihuacana, Olmeca, Tolteca y Zapoteca. De este vasto acervo, aproximadamente 2,000 figuras están en exhibición permanente, distribuidas en tres niveles que simbólicamente representan el inframundo, el plano terrenal y el supramundo en la cosmovisión indígena.
El museo no se limita a su edificio central. El recinto se rifa al estar rodeado por una reserva ecológica de más de tres hectáreas que protege la flora y fauna endémica del ecosistema del Pedregal. Caminar por sus senderos exteriores es transportarse a cómo lucía el Valle de México antes del crecimiento de la mancha urbana, observando cactus, orquídeas silvestres, teporingos y aves migratorias en su hábitat natural.
Hoy en día, el Anahuacalli es un organismo vivo que palpita con eventos culturales de primer nivel. Durante la temporada de Día de Muertos, el museo monta una de las ofrendas monumentales más espectaculares de toda la ciudad, fusionando las piezas arqueológicas con flores de cempasúchil y papel picado. Además, sus plazas exteriores son sede de conciertos, talleres de arte y festivales de danza folclórica que mantienen viva la visión original de Rivera.
Para el turista, este museo representa una experiencia complementaria e indispensable tras visitar el centro de la alcaldía. Es importante destacar que el boleto de entrada a la Casa Azul suele incluir el acceso gratuito al Anahuacalli. Este viaje hacia las raíces precolombinas, enmarcado en arquitectura volcánica, ofrece una perspectiva profunda sobre la identidad cultural que forjó a uno de los artistas más grandes de nuestra historia.

